Pensar con los dedos

Este año me he estrenado en el #Nanowrimo. Para quien no lo sepa es una especie de maratón de escritura, una competición de larga distancia en la que compites contra ti mismo. Como soy aficionado a los maratones reales, los de correr cuarenta y dos kilómetros —como confirma mi colección de relatos con el obvio título de Maratón: la vida en cuarenta y dos kilómetros (y pico)—, la larga distancia no me asustaba mucho. Eso sí, no sabía si iba (si voy) con el suficiente entrenamiento.

Como en un maratón deportivo, lo importante no es llegar antes que nadie, sino batir tu propia marca, demostrarte que eres capaz. A eso vamos.

Soy aficionado a estructurar cuando escribo y a aconsejar hacerlo. Me gusta crear los personajes, hacer una sinopsis y escribir una escaleta antes de ponerme a redactar. Pero esta vez he decidido lanzarme sin red, o casi. Creé al protagonista, aunque como tenía una peculiaridad muy fuerte (es un niño de barro) los demás detalles quedan un poco ensombrecidos. Creé a sus padres y a su hermana pequeña. Los ubiqué en un pueblo que es el mío. Y punto. Ni siquiera he creado un antagonista.

El Nanowrimo arrancó el día uno de noviembre. Y ese día me puse a escribir sin saber a dónde me dirigía, dejando que la página en blanco me guiara. He escrito tan solo tres días desde entonces, pero ya tengo claro una cosa. No estoy pensando con la cabeza. Son mis dedos los que piensan.

De momento me gusta plantearme este reto con el método de la escritura semiautomática. Cuando empiezo la sesión, sé dónde acabé la anterior, pero no hacia dónde voy. El único método que he encontrado útil en estos tres días es dejar de escribir cuando meto un giro que me sorprende a mí mismo. Dejo un cliffhanger que no sé si enganchará al lector, pero me obliga a mí a solucionarlo de alguna manera la próxima vez que me siente. Y eso me motiva a ir de un punto a otro en un recorrido que me divierte. Con la esperanza de que si me divierte a mí, divertirá a los potenciales lectores.

También soy dado a decir una y otra vez que escribir es reescribir. En este caso, más que en ninguno, va a ser verdad. Soy consciente de que de esta experiencia saldrá una novela llena de errores, incoherencias, inconsistencias y lagunas, pero también sé que tras un buen pulido, tendré entre manos algo que me apetecerá mostrar.

Queda casi un mes para el final. Espero acabar con un borrador del que merezca rescatar al menos una tercera parte. Ya os contaré.

Ah, el título provisional de esta novela es La bicicleta del golem. Y esta es su portada provisional.

Una bici y un culo embarrado. ¿Un reclamo ineludible?

Una bici y un culo embarrado. ¿Un reclamo ineludible?

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La importancia del final

Ya escribí hace tiempo que el final es muy importante en una novela, y que creo un buen método pensarlo antes de empezar a escribir. No siempre es posible, e incluso a veces puede ser un incentivo no saberlo.

Dentro de unos días comienzo mi primera experiencia en el Nanowrimo y he decidido de manera consciente no conocer el final de mi novela. Tengo al protagonista, tengo un ambiente, tengo un narrador, e incluso he pensado un tono, pero sé aún muy poco de la historia y, desde luego, no tengo ni idea de hacia dónde me va a llevar ni, por supuesto, de cómo va a acabar. Puede ser un fiasco, o una gran satisfacción, ya lo veré.

Que lo haga así no me aparta de mi idea de que el final es primordial, incluso escribiendo sin conocerlo. Eso es lo de menos. ¿Por qué? Porque cuando un lector lee la última página, el último párrafo, la última palabra, todo lo que ha leído hasta entonces se cierra y cobra, o debería cobrar, un sentido completo, un nuevo significado.

El final hace repensar la novela. Bien lo deja todo atado y bien atado, o bien abre nuevos interrogantes que el lector tendrá que resolver por sí mismo. Es el final lo que va a dejar un poso de sabor. Puede que una mala novela no se arregle con un buen final, pero una buena novela cojea mucho, muchísimo, con un mal final.

Nuestros cerebros están estructurados de tal forma que intentan dar sentido causa-efecto a cualquier narración, aunque no la tenga intencionadamente, aunque el escritor se haya dejado llevar por el puro azar. Si yo escribo cuatro párrafos incongruentes y los pongo uno detrás de otro, cualquier lector intentará encontrar un sentido a qué he querido contar ahí, y seguramente lo buscará en la última frase más que en ninguna otra.

Es por eso que ya sea pensándolo antes, improvisándolo o pensándolo mucho cuando lleguemos a él, debemos saber que nuestro final va a ser una parte fundamental de nuestra novela, y que vamos a ser juzgados en gran medida por él.

Mimémoslo.

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La importancia de los marcadores

Hoy me apetece hablaros de algo que suele pasar desapercibido pero que es de vital importancia para estructurar bien una novela o relato: los marcadores textuales. Son preposiciones, conjunciones, adverbios o locuciones que establecen relaciones lógicas entre elementos del texto: frases, párrafos…

Hay muchísimos marcadores, y sirven para muchas cosas: negar (de ninguna manera), afirmar (por supuesto, sin duda…), explicar (es decir), continuar (así pues), concluir (por tanto), dudar (a lo mejor), etc., etc.

Cuando estés escribiendo, cuida mucho estos marcadores, son ellos los que guían de manera sutil al lector por tu obra, los que le dan la pauta sobre el esqueleto de lo escrito y le ayudan a avanzar en la dirección que nos convenga.

Los marcadores más importantes suelen colocarse al comienzo de los párrafos o las oraciones, así que si tienes tu relato, capítulo o novela acabada, échale un ojo para localizarlos, comprobar que están bien usados y eliminar los que sobren. Es una labor de reescritura que tus lectores agradecerán más de lo que piensas.

(Para saber mucho más sobre esto, podéis consultar este interesante escrito de auladecastellano.com).

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Cliffhanger

No, no voy a hablaros de la película de Silvester Stallone. Si te gusta escribir (o ver series), puede que el término te resulte familiar, incluso demasiado familiar. Por cliffhanger se entiende un elemento de tensión que se introduce al final de un capítulo para atrapar la atención del lector y casi obligarle a seguir leyendo el siguiente. Es ese momento en que tú, como lector, descubres que tu protagonista lleva una bomba en la cartera dispuesta a explotar en un minuto. Si terminas ahí, ¿quién no avanza un poco más para saber qué ocurre?

Este recurso se utiliza mucho en las series americanas para marcar los pasos a publicidad. En España, como los pasos a publicidad no los dan los guionistas, sino las cadenas (cortando a veces por dónde les da la gana), se utiliza más para terminar un capítulo e incluso para terminar una temporada y que el espectador vuelva dentro de unos meses.

Pasa pronto la página y sácame de esta, anda.

Pasa pronto la página y sácame de esta, anda.

No obstante, no es algo inventado por los guionistas, es un recurso que ya usaban grandes autores como Alejandro Dumas o Julio Verne, novelistas que de vivir hoy, estoy convencido, serían grandes guionistas.

Si quieres escribir una novela, ten presente este recurso. Cuando estructures la trama en capítulos, dale una vuelta a dónde acabas cada uno. A veces, puede ser buena idea partir un capítulo que tienes ya escrito justo por ese punto en que has puesto el momento de máxima tensión. Si a ti te ha gustado escribirlo, si lo has pasado bien creando ese instante, es muy probable que al lector también le guste. Ahí, justo ahí, tendrá ganas de más.

Pero te doy un consejo, no des un cliffhanger que despierte unas expectativas muy elevadas si después no vas a poder cumplirlas. Es normal que en la resolución el conflicto se desinfle un poco, pero procura que ese desinfle no sea como un globo que explota, procura que el protagonista salga del apuro por sus propios medios, incluso que no salga del todo. Y si alguna vez lo desinflas un poco de más, no recurras mucho al truco. El lector se cansará y se sentirá engañado.

Espero que esto te sirva de ayuda. Yo procuro tenerlo presente cuando escribo.

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Ese personaje que todo el mundo busca: el antagonista

Escribo esta entrada porque, tras haber recuperado el blog, me he dado cuenta de que durante todo este año en que no he escrito nada o casi nada ha seguido recibiendo visitas, incluso más que cuando lo mantenía activo. Y me ha dado por investigar (tan solo un poco, no creáis) qué es lo que más ha buscado la gente. Y no hay duda, la entrada que más se ha visto ha sido Tipos de personajes, el antagonista.

Parece que todo el mundo tiene claro cómo debe ser un protagonista, pero no tanto cómo debe ser aquel a quien se enfrenta, aquel que se opone a que consiga su objetivo, aquel que quiere arrebatarle lo que más ansía…

Esto me permite insistir en algo fundamental: si queremos una buena historia, tenemos que tener buenos personajes. De nada nos valen giros sorprendentes si el héroe nos cae mal o el villano es un completo inútil que no sería capaz de oponerse ni a un bebé.

Si he conseguido ayudar a alguien con aquel post, estoy más que satisfecho. Espero que así haya sido.

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El teorema Katherine

Hace poco acabé de leer El teorema Katherine, de John Green. Tras haber oído maravillas sobre este autor, me decidí a empezar con esta obra.
Portada El teorema Katherine
Recuerdo que cuando envié mi novela El caso del hada falsamente ahogada a editoriales y agentes, algunos de los comentarios «negativos» versaban sobre que había algo de sexo y no sabían si sería adecuado para el público juvenil. Si la habéis leído, habréis tenido que rebuscar mucho para encontrar ese sexo del que me hablaban. Más casto no pude ser. Por eso mismo me sorprende la mojigatería nacional en comparación con todo lo que aparece en esta novela supuestamente juvenil: tacos, relaciones, personajes nada recomendables…

Debo reconocer que me costó entrar en el código del autor. Al principio todo me resultaba muy inverosímil. Pronto supe por qué. Nos habla de un chaval supuestamente marginado, nerd, rarito, tímido… Pero ha tenido ¡¡19 novias!! Y todavía no es mayor de edad. En España eso sería todo un triunfador.

Sin embargo, salvado este escollo y esa cosa casi de ciencia ficción de que todas sus novias se hayan llamado Katherine, uno entra en la historia y se sumerge de lleno, porque acabas descubriendo que la novela no va sobre el amor (que también), sino sobre la amistad y sobre el conocimiento de uno mismo. Y como dije en una entrada antiquísima de este blog, esos son temas que sí interesan a los jóvenes.

Ya he terminado la segunda novela de Growyn, el elfo detective, y he continuado siendo casto, pero para la tercera (si la hay) pienso meter mucha más caña, je je.

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Reentrando con ganas

Más de un año ha pasado desde la última entrada en este blog. Un año da para mucho, incluso para volver.

Hasta ahora he ido colgando poco a poco artículos que hacían referencia a cómo escribir una novela (juvenil o no), crear personajes, conflictos… A partir de esta nueva etapa, no seré tan metódico. Creo que el método mata a veces la ilusión. Así que seré algo más caótico. Eso sí, este blog seguirá centrado en la literatura, la lingüística, la corrección y todo lo que rodea este mundo.

Y para recomenzar, nada mejor que dirigirme al público realmente juvenil, a ese que va de los doce a los dieciocho años. Si lees esto, tienes esa edad y te interesa escribir una novela, ahora tienes una oportunidad para no enfrentarte por ti solo a esta dura tarea. Desde el uno de octubre Jorge Gonzalvo y un servidor (Antonio J. Cuevas) te podemos echar una mano en el Laboratorio de Jóvenes Novelistas, un proyecto que nace bajo el amparo de Nanowrimo.

Tienes toda la información en el enlace anterior. Entra, infórmate y apúntate.

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